El Gobierno decidió, sin consultar a nadie, decretar 2019 como el “año de la exportación”.

Mágicamente, porque así lo quieren los funcionarios, de pronto se aferran a una tabla de salvación que no solo depende de la Argentina sino también de los vientos de la economía mundial.

Surge una crítica: ¿por qué la administración se dejó estar, por qué quiso esperar tres años para lanzarse, más allá de las fronteras,sin hacer un relevamiento de los requerimientos internacionales, de las necesidades y las posibilidades?

Está el Gobierno tan aferrado a esta posibilidad de colocar nuestros productos en los mercados del exterior que por norma 1177, publicada hace unos días en el Boletín Oficial, se dispone que toda la administración pública nacional, centralizada o descentralizada, deberá llevar la leyenda “año de la exportación”.

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El total de exportaciones del año pasado alcanzó a más de 11 mil millones de dólares. Pero tuvimos importaciones por casi 15 mil millones de dólares.

El rojo para la Argentina fue de cerca de 4 mil millones de dólares. La movida compensó la falta de exportación de cereales en un año de sequías e inundaciones extremas.

Hay un rubro que promete: los servicios de software profesionales, de consultoría que son utilizados fuera del país.

El Gobierno, viendo una luz que crecía, dejó afuera de los tributos fiscales a las micro y pequeñas empresas.

Solo pagarán impuestos las colocaciones externas que excedan los 600 mil dólares concretadas en un año.

Ocurre que un país no exporta cuando quiere sino cuando puede, cuando se dan determinadas circunstancias. La leyenda es precisa: con buenas exportaciones prospera la economía, genera empleos para especialistas, relaciones que son sustentables.

¿Qué dicen los exportadores? Se quejan de un Gobierno que mantiene un modelo impositivo que nada tiene que ver con una estrategia exportadora.

Las retenciones se mantienen y esto impactará en las inversiones.

La solución pasaría, para los involucrados, en optimizar los costos logísticos y trabajar con los distintos sectores para comprobar problemas y oportunidades. La Organización Mundial del Comercio ha marcado una serie de pautas para posibilitar la expansión hacia el exterior.

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Argentina buscará en marzo o mayo próximos aceitar mejor el tema pidiendo el ingreso de la nación a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que colaboraría mucho con los propósitos oficiales.

La OCDE, fundada en 1961, permite participar a 36 países miembros importantes y brinda un foro para que los países compartan experiencias y busquen soluciones.

La OCDE mide la productividad, despliega encuestas de las cuales salen datos valiosos, mide con lupa los vaivenes del comercio mundial, traza pronósticos y sugiere aplicar medidas muy precisas para tener éxito en el tráfico internacional. 

Argentina estuvo a punto de ingresar el año pasado pero de pronto el país se vio envuelto en una debacle de corrida del dólar, recesión, inflación y gobierno impotente.

Chile y México, en cambio, ya son miembros.

En estas semanas, las versiones que llegan desde Europa indican que Buenos Aires tiene muchas más chances ahora que en 2018, pese a que en 2019 la realidad no promete cambiar demasiado.

Más allá de todo, el Gobierno sigue siendo optimista. Ya piensa que tiene asegurada la reelección en diciembre.

Ha dado instrucciones para que los funcionarios luchen por bajar el riesgo país y muestren credibilidad.

No en vano manda a tres miembros del gabinete (Nicolás Dujovne, Dante Sica y el titular del Banco Central) a participar de la reunión de Davos, en Suiza, ahora, en poco tiempo. ¿Sirve para algo Davos?

Hay dos importantes encuentros que reúnen a lo más granado de la economía, el empresariado y la intelectualidad internacionales.

Uno es el del Fondo Monetario Internacional, generalmente en el mes de octubre, tiempo apropiado para el hemisferio norte o el lugar del mundo donde se realice.

Pero muy alineado en las necesidades de relaciones públicas de los participantes que son ministros de Economía o banqueros.

Otra es la de Davos, de menos público, pero con figuras más selectas. Los dos, el del FMI y el de Davos describen la realidad mundial y trazan expectativas para los tiempos futuros. Pero en Davos todo es más coqueto, más intimista, más inspirador de encuentros mano a mano si se piden entrevistas con suficiente anticipación. El tiempo ayuda, sin duda: enero es un mes de nieves que pueden ser intensas y los invitados prefieren el calorcito de los salones.

Volviendo al tema exportador: esperar millonadas de dólares no es probable en el corto plazo.

Ayudaría al balance general el envío de cereales a los mercados. El déficit (3900 millones de dólares) hizo caer a la mitad el rojo comercial que el país mantenía con Brasil, nuestro principal cliente y proveedor.

Los envíos a Brasil crecieron, pese al achicamiento de su economía un 30 por ciento. La devaluación y la recesión argentinas paralizaron las compras a la nación vecina. 

Vendimos lo que se pudo, pero adquirimos poco. Se sostiene que en 2019 se podría llegar al equilibrio. Veremos qué surge del encuentro entre los presidentes Mauricio Macri y Jair Bolsonaro.

¿Qué pasará en los tiempos que vienen? Los pronósticos de los economistas argentinos son titubeantes.

El Fondo Monetario encuentra para los meses próximos inestabilidad financiera debido a la fragilidad económica de los países emergentes, entre los que nos encontramos y el peligro de un incremento de las tasas de interés.

Han aumentado los riesgos que muestran las grandes empresas que tienen altos niveles de endeudamiento.

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Según el FMI, se prende la luz roja porque apareció un gigantesco y creciente mercado mundial de préstamos a empresas sobreendeudadas.

Solo en los Estados Unidos este tipo de préstamos con incógnitas tiene el doble del volumen que tenía antes de la dura crisis surgida en 2008.

Ese mercado de préstamos es gigantesco pero también poco trasparente. Doble problema.

El mundo vive tiempos de tensiones que escapan del control de los organismos financieros mundiales.

Es en este plano donde Argentina se propone, de pronto, poner atención a las exportaciones

¿Todo dependerá de las empresas o de un especial esfuerzo del Estado? 

La gran pregunta sin contestar es por qué no ha trabajado ni trabaja en ello la Cancillería argentina, un viejo tema de arrastre desde hace por lo menos 40 años.

Son poquísimos los embajadores que se dedican a ser vendedores de productos nacionales y le dan más importancia a esto que a los cócteles y las ceremonias de gran formalidad y poco contenido.

Una anécdota: un empresario viajó a lo largo de la década del 80 y 90 cuatro veces a Hong-Kong.

Cada vez que el avión descendía para encontrar el aeropuerto, veía el mismo barco anclado en la bahía. Preguntó su origen hasta encontrar la respuesta.

Era un navío enviado por la Cancillería brasileña para promover el consumo del café de su país en una China acostumbrada a los diversos gustos de té.

Para exportar se necesita constancia y dedicación de todos los organismos del Estado, no de uno solo.

Los embajadores tienen que ser, por sobre todo, grandes vendedores y promotores.

Por Daniel Muchnik / Infobae