Una idea de dimensiones tan colosales que sólo así se explica la respuesta en tromba y casi unánime de los gobiernos, reguladores y supervisores a nivel mundial para intentar frenarla.

Libra es un signo zodiacal, la divisa de Reino Unido, una antigua moneda de diversos países y épocas, una medida antigua de peso utilizada en Castilla y una medida de capacidad, según la Real Academia Española de la Lengua, pero desde el pasado 18 de junio, Libra es, sobre todo, la criptomoneda de Facebook. Impulsada por su fundador, Mark Zuckerberg, y por un grupo de 27 socios, la idea es que empiece a funcionar en 2020 y su objetivo, según anunciaron en la presentación, pasa por “ofrecer una moneda sencilla y global” a través de tecnología blockchain.

Pero el proyecto Libra no es sólo eso. Es mucho, mucho más. Es una idea de dimensiones tan colosales que sólo así se explica la respuesta en tromba y casi unánime de los gobiernos, reguladores y supervisores a nivel mundial para intentar frenarla. Sin ir más lejos, ha sido uno de los temas centrales de la reunión de los ministros de Finanzas del G-7 esta semana en Chantilly (Francia), donde han llegado a calificarla de riesgo “sistémico”. Unos días antes, el secretario del Tesoro de EEUU, Steven Mnuchin, manifestó sus inquietudes respecto a que pueda ser una vía para el blanqueo de capitales y también en las últimas semanas, tanto el BCE como la Fed han advertido de que vigilarán y actuarán para que cumpla todos los requisitos legales.

Demasiados temores para algo que se presentó a sí mismo como una criptomoneda. Y esa es la clave, que Libra no es sólo una criptomoneda, sino que detrás del proyecto se esconde, en realidad, la pretensión de Zuckerberg y sus socios -la llamada Asociación Libra- de crear un sistema financiero fuera del control directo y la supervisión de los grandes poderes que manejan ahora los designios de la economía mundial: Wall Street, bancos centrales, supervisores, reguladores, gobiernos, gigantes empresariales.

“El mercado de activos criptográficos hasta ahora parecía no representar ninguna amenaza plausible para los gobiernos, y los reguladores estaban medianamente tranquilos, en parte por el pequeño volumen que representan en el mercado mundial y en parte porque aún es cosa de un grupo reducido de ciudadanos. Sin embargo, la creación y puesta en marcha de uno de estos activos por una empresa que tiene 2.560 millones de usuarios mensuales (sin contar los de otras empresas de su mismo grupo) es harina de otro costal”, señala Cristina CarrascosaOf Counsel en Pinsent Masons y miembro del Observatorio Blockchain de la Comisión Europea.

“Todos mirarán Libra con cierta hostilidad porque desde siempre han intentado controlar el monopolio de la oferta monetaria: es rentable y además es el mecanismo para intentar insuflar más o menos actividad económica por vía monetaria, aparte de representar un elemento de soberanía. Esta tradición viene desde hace milenios y, por lo tanto, el cambio no será fácil”, apunta Ignacio de la Torre, socio y economista jefe de Arcano.

Lee también:

Asimilándola con algunas de las monedas virtuales más populares, como Bitcoin o Ethereum, Facebook posiciona en cierta medida a su nueva criatura hasta que pueda ponerla en marcha, pero lo cierto es que son muchas más las cosas que las separan que las que las unen.

“Es un activo criptográfico, o eso se desprende de los documentos técnicos que han ido publicando, pero se diferencia del Ether o el Bitcoin en casi todo lo demás: está controlada por un grupo pequeño de empresas, respaldada por activos de bajo riesgo, todavía no se sabe exactamente para qué va a servir…”, enumera Carrascosa.

Además, no es anónima y no fluctúa libremente por oferta y demanda, sino que “es un stable coin, es decir, su valor estará respaldado por activos en una divisa dura, presumiblemente el dólar”, añade De la Torre.

Eso implica que el valor de Libra dependerá de los activos mantenidos en la reserva creada por los miembros de la Asociación y no de la dinámica de la oferta y la demanda, como sucede con Bitcoin. Además, las divisas virtuales más populares están basadas en un red blockchain descentralizada, es decir, la propia red aprueba las transacciones, mientras que Libra es centralizada, por lo que es el consorcio quien valida cada transacción y, por tanto, quien tiene el control y el poder.

Aquí radica gran parte de la preocupación de los reguladores. Esta semana, David Marcus, director ejecutivo de Calibra y encargado de integración de Libra en los servicios de Facebook, compareció ante el comité de Banca, Vivienda y Asuntos Urbanos del Senado de EEUU para ofrecer más detalles del proyecto. Los senadores querían conocer en qué consiste Libra, para qué va a utilizarse o de qué manera se garantizará la seguridad de los usuarios, entre otros aspectos. Ninguno sabe en realidad cómo enfrentarse a este nuevo escenario.

David Marcus, en su comparecencia esta semana en el Senado de EEUU.AFP

Representantes de Facebook se han reunido recientemente con las autoridades regulatorias de varios países europeos para tantear el terreno. En España, el presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), Sebastián Albella, confirmó el encuentro con una delegación de la compañía y aseguró en una entrevista para EL MUNDOque el objetivo era intercambiar posturas en una primera toma de contacto.

INCURSIÓN EN LA BANCA TRADICIONAL

El otro gran tentáculo del criptoproyecto de Facebook alcanza al negocio bancario tradicional. ¿Hay que vincular Libra con el desembarco de Facebook -y, en general, de las Big Tech(Facebook, Amazon, Apple y Google)- en ese sector? “Rotundamente sí”, sentencia Carrascosa. “Si analizas el Whitepaper de Libra, muchas de las afirmaciones hacen referencia a la inclusión financiera, que ha sido el leitmotiv en la industria de las criptomonedas, pero si uno se fija en el detalle aparecen conceptos como prestamos diarios, pagos sin fricción y otros que pueden sonar a que Facebook quiere ofrecer productos financieros sobre blockchain“, añade.

En el mercado, este es uno de los aspectos que más inquietud genera. Hace tiempo que las grandes tecnológicas están tanteando sus posibilidades, aunque las exigencias regulatorias y de solvencia a las que tendrían que enfrentarse actúan como freno.

Fuente: El Mundo