Por Carlos González *

Mucho se habla acerca de la era del conocimiento y este paradigma ha marcado buena parte de nuestras prácticas hasta el momento.

Según el autor Peter Drucker, la primera revolución del conocimiento se origina alrededor del año 1700, cuando el conocimiento se aplica al hacer y se inicia la Revolución Industrial. Después surgirán otras dos revoluciones, llamadas la <<revolución de la productividad>> y posteriormente <<la era del conocimiento>>. En la primera, el conocimiento se ha convertido en el nuevo factor de producción y el trabajo basado en conocimiento desplaza al trabajo manual. En cuanto a la segunda, el valor de los intangibles de las empresas crece de manera exponencial, es así que en la actualidad, si observamos cuales son las empresas más grandes del mundo, encontraremos compañías como Apple, Microsoft, Amazon, Google, Alibaba, Facebook y Tencent Holdings, todas ellas tienen como principal actividad a la tecnología de la información.

Bajo este paradigma personas y organizaciones planean y proyectan su futuro con base en la información disponible y todos los sistemas se crean a partir de allí. Pensemos como ejemplo el caso de una persona que ingresa a la Universidad a estudiar una carrera, como puede ser la de Contador Público, para aprender los conocimientos necesarios y años más tarde, al recibirse tener un futuro profesional prometedor. En este ejemplo la persona que egresa de su formación profesional habrá aprendido ciertos conocimientos para un mundo que ya ha cambiado, incluso puede que ya no encuentre trabajo o peor aún puede encontrarse con que su profesión ha dejado de existir.

Aquel mundo predecible y de cambios paulatinos ha quedado atrás. Nuestro mundo está cambiando a un ritmo exponencial.

Está cambiando nuestra manera de trabajar y nuestro trabajo mismo, las profesiones están cambiando, la manera de consumir, nuestra manera de hacer, aquellas prácticas habituales han cambiado e incluso está cambiando nuestra manera de ser.

Hemos perdido el sentido a lo que hacíamos. No sabemos cuándo lo volveremos a hacer, si es que alguna vez aquello vuelve o ha quedado como parte de la historia. Hemos perdido la noción del tiempo. Perdimos aquellas prácticas habituales en nuestra manera de vivir y aún no han aparecido nuevas prácticas, nuevas maneras de hacer y de ser que podamos incorporar para volver a encontrar el sentido en nuestra vida. Aquello a lo que llamábamos “sentido común” ha dejado de serlo. Nuestro paradigma se ha quebrado y aún no hemos generado uno nuevo.

El conocimiento adquirido ya no nos sirve de nada, y si no veamos lo que ocurre con el sistema educativo, el cual simplemente ha reaccionado y parece que la única opción disponible fue la virtualización de sus prácticas habituales; y por supuesto, éste era el único conocimiento disponible ante el cambio. Veamos lo que ocurre también con el sistema económico, el mundo entero se encuentra perdido ante una profunda crisis económica y productiva, hemos generado miles de economistas pero no se ha escrito ningún libro que pueda dar respuesta a una crisis como la que estamos viviendo. Y por si fuese necesario, veamos que ocurre con el sistema político, en donde vemos a cada país con sus líderes políticos y cada quien hace lo que puede, practicando un prueba y error constante. Esto nos muestra también la falta de cooperación existente en todos los sistemas y en todos los niveles.

Creímos profundamente en que la formula era “Saber para Hacer“, entonces creamos sistemas para aprender conocimientos y luego llevarlos a la práctica. Aquel pensamiento del filósofo René Descartes Pienso, luego Existo” se instaló en todas las prácticas y en el sentido común de nuestra vida.

Cuanto conocimiento hemos adquirido, cuanto saber hemos incorporado… ¿Y qué podemos hacer con todo eso en estos momentos?

Claro está que todo ese conocimiento es importante, pero es completamente insuficiente para el mundo actual. Necesitamos más que nunca desarrollar competencias, habilidades y maneras de ser que nos permitan navegar un futuro incierto, en el que lejos de querer controlar lo que ocurre, nos permitamos confiar y continuar aprendiendo mientras recorremos el camino, en colaboración con otros.

Como cuando aquellas personas, aquellos seres humanos que juntos emprendían un viaje en busca de nuevas tierras, tierras que eran hasta entonces absolutamente desconocidas y lo hacían sin la pretensión de querer controlar ni el mar, ni el viento, ni aquello que les depare en la tierra.

Allí hay confianza y coraje, que es el accionar más humano, ya que es una acción desde el corazón. Este ser humano es capaz de conquistar nuevas tierras, de recorrer nuevos caminos y de descubrir nuevos mundos, sin miedo ni siquiera a la muerte, porque aun si eso ocurre, es parte del regalo que nos da la vida. Solo aquel hombre con coraje y una confianza radical es capaz de ver oportunidades y conquistar nuevos mundos, mundos hasta entonces completamente inciertos.

Y estas son algunas habilidades y competencias a desarrollar para un mundo emergente, la confianza, el coraje, la cooperación, la determinación, para así poder navegar la incertidumbre que nos plantea el mundo y tener la capacidad de conquistar nuevos futuros.

La pregunta es ¿estamos listos para navegar en un futuro incierto y poder dar respuesta (y no reacción) a los cambios que emergen en nuestra vida?  Si la respuesta es no, es un buen momento para prepararse.

(*) Consultor Organizacional & Coach Certificado – Estrategia Competitiva | Modelo de Negocios | RRHH | Capacitaciones